domingo, 10 de marzo de 2013

10 curules para las Farc

Recorre las redes sociales el chisme de que en materia de participación política las Farc habrían pedido 30 curules, 15 en Senado y 15 en la Cámara, y que en un supuesto desliz, al Ministro Carrillo se le habría salido la infidencia de que en La Habana el Gobierno ofreció 10, 5 en Senado y 5 en la Cámara.

Aunque ha quedado visto que de este Gobierno cualquier desfachatez es posible, esos supuestos "deslices" son el típico recurso político de "soltar una bomba", de mera salva, simplemente para medir el grado de aceptación o rechazo que pueda tener una iniciativa en tal o cual sentido. De ahí que el mismo Carrillo no lo confirme ni lo desmienta. Hará lo último cuando ya haya recogido evidencia del sentir nacional. 

Por eso me permito jugar el papel del estúpido contestando a la bomba de salva.

Que las Farc pidan 30 curules no debería extrañar a nadie. Si no son victimarios, secuestradores ni narcotraficantes podrían inclusive pedir 270 y eso sería normal. León Valencia lo celebraría diciendo que "para eso es la negociación". Pero que el Gobierno ofrezca 10, 5 en Senado y 5 en Cámara, merece los siguientes comentarios:

1. La circunscripción nacional especial que hoy existe garantiza con 5 curules en Cámara la representación política de: negritudes (2), indígenas (1),  minorías políticas (1) y colombianos en el exterior (1). Todos ellos, considerados minorías, reúnen millones de colombianos y en total tienen solamente 5 curules en el Congreso. ¿Puede creer el Gobierno que los representantes de 10,000 terroristas tengan igual o superior participación política que los millones de colombianos que conforman las minorías étnicas, indígenas y políticas de este país? ¿Qué parte del concepto democracia maneja en La Habana?

2. Los Verdes y el Polo Democrático Alternativo están viendo en riesgo su supervivencia como partidos políticos a tal punto que los primeros preparan un proyecto de Acto Legislativo para modificar la actual circunscripción territorial en un intento por no desaparecer en las próximas elecciones parlamentarias. ¿Cree el Gobierno que mientras hay partidos que pueden desaparecer por no alcanzar el 3% de la votación, el país político se va a tragar el sapo de 10 congresistas narco guerrilleros?

3. No obstante el Marco Jurídico para la Paz, una nueva circunscripción especial requeriría de modificación constitucional para la cual la ley estatutaria no alcanza. Se necesitaría de los varias veces mencionados mecanismos de refrendación. No existe la menor posibilidad de que el país nacional avale una propuesta en ese sentido.

¿Y si el país no pasaría una propuesta en ese sentido, el Gobierno para qué la explora? Para poder justificarse frente a las Farc y al mundo en su intento por “alcanzar la paz”, y luego lavarse las manos culpando al país nacional del fracaso histórico que han sido y serán los diálogos de La Habana.           

viernes, 22 de febrero de 2013

Tendencia Inexorable


Publicación de Periódico Debate (@DebateCol) de Febrero 20 de 2013

No sorprende la última encuesta de Datexco. Desde aquella que siguió a los primeros 100 días de gobierno, la popularidad del presidente Santos ha venido cayendo inexorablemente. La realizada cuando se  anunciaron los diálogos de La Habana fue la única que contradijo esa tendencia. Dijimos entonces, y hoy lo comprobamos, que era meramente circunstancial y respondía a la exacerbación colectiva del anhelo de paz con que hemos nacido y han muerto colombianos por más de 50 años.

Ni los decimales ni los márgenes de error pueden invertir una tendencia de más de dos años. Se requiere una ejecución excepcional o unos eventos extraordinarios que detengan esa inercia. El gobierno lleva más de un año alegando que es un problema de comunicación. Falso. En los últimos cincuenta años no se había visto tan desmesurada compra de conciencia editorial y periodística como ahora. El gobierno ha tenido toda la prensa que ha querido y sin ruborizarse ha sabido acallar las voces que le resultan molestas a su narcisista unanimismo.

Sin embargo, con la negación que produce la soberbia y convencido del cuento de la comunicación, el Gobierno preparó para el 2013 una nueva “Vuelta a Colombia” que viene ejecutando contra falsa pulmonía y marea. Le oí decir a uno de los ya muchos altos consejeros presidenciales que el gobierno sabía que necesitaba mostrarse en las regiones si quería parar esa tendencia, a tiempo para reelegirse.

Esta nueva gira se distingue de la anterior en que viene acompañada de tabletas para los niños, casas gratis y una alta dosis de disfraces y frases alegóricas a las costumbres de cada región. No me referiré a lo postizo y ridículo que se le ven a este gobierno esos “accesorios” culturales. Merece comentario más bien el velado chantaje que en esta gira representan las regalías y la anunciada “redescentralización” con que el Ministro del Interior justifica entregar las retenidas y rescatar a Santos.

No puede el gobierno pretender, después de hacer pasar hambre a las regiones reteniéndoles sus regalías en Bogotá por dos años, que los cheques del 2013 que alcaldes y gobernadores recibirán con una sonrisa, sean capaces de cambiar la opinión de los electores. El daño está hecho y solo sería reversible si esos dos años de hambre hubiesen estado acompañados de ejecución. Pero no fue el caso porque las locomotoras nunca arrancaron.

Eso explica que la única novedad de la encuesta sea el notorio incremento del negativo. De paso sirve para demostrar, por las fechas de la encuesta, que esta nueva Vuelta a Colombia no le está funcionando, por lo menos en cuanto a ese vanidoso objetivo se refiere. Y no hay que ser Pitágoras para entender que la cuenta de cobro es por la seguridad. La mayoría expresada en la encuesta contra los diálogos de paz, contra las Farc y contra el manejo del gobierno en el tema de seguridad, serían bastantes para invocar el espíritu democrático y terminar los diálogos de La Habana. Sería de paso lo único que lo salvaría.

Pero este gobierno se ha caracterizado por obrar contra la evidencia, así sea camino al despeñadero. La única explicación para quedarse en la mesa le daría la razón a quienes han sostenido que existe un acuerdo cocinado desde el inicio de los diálogos.

Si Santos insiste en ver la inexistente voluntad de paz de las Farc a pesar de lo contraevidente de los hechos y los resultados de la encuesta, no habrá casas gratis, pantalones morados, regalías atrasadas ni tabletas que valgan para salvar su propio desplome.  

El "puro cuento" de Roy

Publicación de Periódico Debate (@DebateCol) de Febrero 9 de 2013



Roy Leonardo Barreras Montenegro, antiguo gavirista que con el tiempo se pasó al pastranismo desde el que saltó al más “puro” vargasllerismo para dar una vuelta de 180 grados hacia el uribismo radical y que hoy milita en la línea dura del santismo “enmermelador”,  la emprendió hace poco contra el Centro Democrático, alegando que esta creciente corriente ideológica es “puro cuento”.

El tristemente célebre presidente del Congreso ha declarado que tiene toda la autoridad para criticar al uribismo, porque él “nunca se ha cambiado de partido político”. Partiendo de ese “razonamiento”, defiende la reelección de Juan Manuel Santos, la cual, según él, debe ir acompañada por una victoria en las elecciones de Congreso que le signifiquen 30 curules al partido de La U en el Senado.


Pero las matemáticas electorales son unas solas. En 2010, la lista al Senado que presentó el partido de La U, cabalgando sobre el éxito político de Álvaro Uribe Vélez y replicando en todos los rincones de Colombia el discurso de la Seguridad Democrática, logró obtener 2.792.944 votos que le valieron 28 escaños en la Cámara Alta de nuestro Parlamento.


Para nadie es un secreto, y menos para Roy, que esos eran otros tiempos. Tiempos en los que los ciudadanos sabían que La U era Uribe; el país tenía arrinconado al terrorismo, el narcotráfico era combatido con verticalidad, sin discursos dobles ni insinuaciones de legalización de drogas. La economía era vigorosa y estaba vacunada contra la “enfermedad holandesa” que hoy presenta síntomas alarmantes. Los colombianos que acudieron a las urnas en 2010 a votar por las planillas de La U, lo hicieron convencidos de que con su sufragio estaban apoyando la continuidad en el tiempo y en el espacio de las exitosas políticas que durante 8 años puso en marcha Álvaro Uribe Vélez.

Pero, ¿a quién le cabe duda de que los electores de Roy y de Juan Manuel Santos fueron asaltados en su buena fe? Les pidieron el voto con un discurso y hoy gobiernan con una agenda diametralmente opuesta. A los votantes de aquel año, nadie les dijo que se iba a negociar con el terrorismo, ofreciendo impunidad y elegibilidad de los victimarios, ni mucho menos se les planteó que el presidente-dictador de Venezuela, aquel que protege a los jefes del narcoterrorismo en su país, sería declarado como el nuevo mejor amigo del gobernante colombiano. Ninguno de los candidatos que entonces era uribista, les dijo a sus huestes que estaría de acuerdo con un gobierno proclive al derroche y ágil para gastar desmesuradamente.

Esos ciudadanos rápidamente se decepcionaron del presidente que eligieron y de los congresistas que integran la llamada Mesa de Unidad. Son más de 9 millones de personas que le apostaron a la continuidad de la Seguridad Democrática y lo que ello significa.

Ahí radica el éxito que en tan poco tiempo ha alcanzado el Centro Democrático. Por eso rápidamente recogió a todos esos inconformes, decepcionados, frustrados y molestos con un gobierno que les “echó un cuento” para quitarles el voto. En reuniones de barrio, encuentros ocasionales, tertulias universitarias, charlas desprevenidas de amas de casa, hay un punto de coincidencia: se debe recuperar el rumbo.

De manera silenciosa, con los medios de comunicación tradicionales en contra, con las redes sociales como única herramienta para masificar el mensaje, los militantes del Centro Democrático han logrado constituirse en una fuerza política cuya dimensión se verá en los resultados electorales del año entrante. Y paso de las matemáticas a la lógica. Si esa lista, sin Uribe, de 28 senadores elegidos “cabalgaba” sobre el éxito de la Seguridad Democrática, ¿cuántos senadores saldrán en un país arrinconado por el terrorismo y con Uribe liderando la lista? 

Con los resultados en la mano, en ese momento habrá que preguntarle a Roy Barreras si sigue pensando que aquello era “puro cuento”. 



viernes, 1 de febrero de 2013

Mostrar la barbarie

Publicación de Periódico Debate (@DebateCol) de Febrero 4 de 2013


No habían pasado 24 horas de la presentación en sociedad de los precandidatos presidenciales del uribismo y el acto de trascendental significación política fue eclipsado por un hecho que despertó un debate profundo: la publicación, en la cuenta de Twitter del presidente Uribe, de una cruda y escalofriante fotografía en la que aparecen dos miembros de la policía asesinados por el frente 59 de la banda narcoterrorista de las Farc.

Los enemigos del ex presidente, muy dados a criticar todo lo que él haga o deje de hacer, salieron airados a descalificar la publicación. Algunos medios de comunicación cayeron en el juego, alegando que mostrar la barbarie de los terroristas era violatorio de los derechos de las víctimas.

Gran equivocación. Los derechos de las víctimas se violan negando los hechos atroces; los derechos de las víctimas se menoscaban minimizando lo ocurrido, tapando el nivel de degradación al que han llegado los genocidas que bañan de sangre inocente el suelo patrio.

Uribe es un hombre inmensamente popular que no necesita utilizar una fotografía dolorosa para conseguir un voto o para ganarse el aprecio de un ciudadano. Como líder tiene el deber de denunciar con sus discursos, con sus intervenciones y por supuesto con imágenes, los desmanes de los actuales interlocutores del gobierno en la mesa de negociación de La Habana.

Callar, tapar, desconocer lo que las Farc le hacen a los miembros de la Fuerza Pública y a nuestros compatriotas que día a día pierden sus vidas, es un acto de cobardía y hasta de complicidad, máxime ahora que el gobierno pretende que el país olvide los crímenes de la guerrilla para viabilizar un proceso de paz con impunidad que se discute en el paraíso de la satrapía castrista.

Mientras el terrorismo siga haciendo de las suyas, los colombianos estamos en todo el derecho de conocer su accionar, de mostrárselo a nuestros hijos y al mundo, como en su momento se hizo con las imágenes de las salvajadas contra la humanidad del totalitarismo de comienzos del siglo XX. ¿Qué tal que por “decencia” se hubiera decidido no mostrar lo que pasó en Auschwitz, Treblinka, Mauthausen, Sachsenhausen? ¿O que por consideraciones absurdas no se nos diera a conocer que gracias al Gulag stalinista más de 20 millones de personas fueron matadas de física hambre?

Es doloroso. Compunge el alma y entristece el corazón que en Colombia haya unos sádicos capaces de hacer a nuestros policías eso que se ve en las fotografías dadas a conocer por el presidente Uribe. Pero la congoja no puede desahogarse airadamente en quien tiene el valor civil de mostrárnoslo, sino en los autores intelectuales y materiales de semejante absurdo.

Así que al margen de las controversias políticas, es obligación no solo de Uribe sino de todos aquellos colombianos que no comulgamos con las acciones de los terroristas, el mostrar todo cuanto ellos hacen contra la Patria y sus instituciones, pero sobre todo contra los colombianos; porque las víctimas tienen derecho a que el mundo entero conozca lo que en Colombia hace el terrorismo con el que “dialoga” el gobierno colombiano en cómodos salones cubanos.

COLOFON: Decía el ex presidente Uribe hace menos de 24 horas que el circo romano de la modernidad era la Cuba castrista de principios de los años sesentas. Después de lo que vimos hoy y trayendo eso a valor presente, se quedó corto Presidente. 

miércoles, 23 de enero de 2013

Tertulia macabra


Y se reiniciaron “los diálogos” … 

En la campaña que lo llevó a la presidencia de Colombia, Álvaro Uribe presentó un documento de 100 puntos que bajo el título de Manifiesto Democrático se constituyó en la hoja de ruta de lo que sería su gobierno.

En el punto 41 se trazaba la línea general de la política de paz. Allí se leía que el diálogo no podía prestarse para el crecimiento de las estructuras violentas, a la vez que establecía una condición sine qua non: todo grupo ilegal que quisiera hablar con el gobierno debía empezar por el “abandono del terrorismo y cese de hostilidades”.

No era una exigencia caprichosa. Por el contrario, recogía el sentimiento de un pueblo que estaba dispuesto a alcanzar la paz, pero que no quería seguir siendo victimizado por unos terroristas que aprovechan los escenarios de diálogo para fortalecer sus redes criminales, como sucedió durante los aciagos años del Caguán en los que por poco la guerrilla de las Farc logra tomarse el poder.

Hablar en medio de la guerra no conduce a nada y mucho menos lo hacen las tales “treguas temporales” con “excepciones” licenciadas por el gobierno. Quien quiere hacer la paz, debe demostrarlo con hechos y no con discursos retóricos.

Se equivocan los supuestos teóricos del conflicto que aseguran que el cese de hostilidades es un punto de llegada y no de partida. Falso. Para que un proceso de paz tenga éxito debe contar, además de la voluntad política de gobierno, con el respaldo de la ciudadanía, que es la principal víctima de la confrontación armada.

El gobierno cayó en la irresponsable equivocación de graduarnos de enemigos a todos quienes no compartimos la metodología del actual proceso de diálogos – que no de paz- con el terrorismo. Vale aclarar que quienes creemos en la Seguridad Democrática trazada por el presidente Uribe, lo hacemos porque es el camino pavimentado y sin restricciones para alcanzar la paz que todos los colombianos merecemos.

Y como aquí no se trata de especular, sino de recordar con hechos, no está de más tener de presente que durante los 8 años de la Seguridad Democrática, más de 50 mil violentos dejaron las armas, cifra sin precedentes en materia de desmovilización no solo en Colombia sino en todos aquellos países que han padecido desafíos terroristas internos como el nuestro.

Todos esos hombres y mujeres que salieron de la guerra son personas que han dejado de martirizar al pueblo, de asesinar y secuestrar a civiles, militares y policías.

Al terrorismo no se le derrota contemporizando ni “legalizando” sus brutalidades. Al contrario: se le rinde enfrentándolo con verticalidad, sin complacencia ni discursos benevolentes, con firmeza militar pero con generosidad civilista para con aquellos que quieran abandonar la guerra para reincorporarse a la vida civil.

En los diálogos de ahora, la iniciativa no la tiene el Estado sino los terroristas que dicen cuándo supuestamente van a dejar de matar; y el gobierno, como si se tratara de un derrotado, servilmente valida el anuncio. “Hay que creerles” ha dicho el presidente Santos en referencia a las Farc; y más recientemente, que han cumplido “con excepciones”. Pues no, no hay que creerles a esos que llevan media centuria asesinando a las gentes de bien, secuestrando a los empresarios y paralizando el progreso del campo colombiano. No hay que creerles a quienes han salido fortalecidos y rearmados de los procesos que precedieron a estos diálogos para intensificar su empresa criminal. No se puede aceptar que cumplieron quienes cometen 57 actos terroristas en 60 días de tregua.

Les empezaremos a creer el día que liberen al último secuestrado; el día que permitan que una comisión que goce de respetabilidad internacional verifique un cese total y permanente de hostilidades. Les creeremos el día en que sus jefes, responsables de las más absurdas atrocidades, se comprometan a reparar a sus víctimas y a cumplir la cita pendiente con la justicia colombiana.

Mientras eso no suceda, los que sostenemos que la Seguridad Democrática es el camino, seguiremos pensando que en La Habana se está llevando a cabo una tertulia macabra. Ojalá la historia no nos dé la razón.

jueves, 17 de enero de 2013

Guardia Pretoriana santista


Mano negra, tiburones, perros, rufián de esquina y aves de mal agüero son algunos de los adjetivos peyorativos que el presidente Juan Manuel Santos ha utilizado para referirse al ex presidente Uribe o al uribismo, según sean las circunstancias.

Cada una de esas calificaciones ha sido lanzada en momentos en los cuales el gobierno ha atravesado terrenos dificultosos, a manera de cortina de humo. Así pues, el uribismo que le sirvió a Santos para ganar las elecciones, ahora le funciona como depositario de sus ofensas y ataques para desviar la atención de la opinión pública.

Durante los 8 años del gobierno de Uribe, los colombianos nos acostumbramos a un presidente capaz de asumir personalmente las peores dificultades y de enfrentar los debates sin necesidad de recurrir a terceros o escuderos de oficio.

Todo ha cambiado. El mandatario de hoy dice con risita socarrona que tiene como mantra no pelear con Uribe, mientras que pone a su mejor amigo a escribir columnas humillantes contra su antecesor y a su canciller a decir cosas inexactas respecto del comportamiento de quien con valor patriótico ha defendido la integridad territorial frente a un fallo antijurídico y abiertamente lesivo de los intereses nacionales.

Hay quienes dicen que Santos, como se dice coloquialmente, se le volteó al uribismo. No creo que eso haya sido así; estoy convencido de que él nunca hizo parte de esta doctrina ideológica que defendemos millones de colombianos. Durante 4 años, Juan Manuel Santos simuló ser lo que no era, mientras en medio de la penumbra mantenía debidamente aceitado al equipo de asesores que hoy hace las veces de guardia pretoriana del régimen.

Sin caer en teorías conspirativas, no tengo dudas de que esa guardia es la que se ha encargado de trazar toda una estrategia de descrédito y criminalización del uribismo. Creyeron que con dos altos funcionarios presos, unos cuantos más investigados y acosados, el uribismo sucumbiría. Las cosas no les han salido como ellos esperaban. Antes bien, el respaldo al ex presidente ha ido creciendo de tal manera que hoy nadie duda que en el 2014 la relación de fuerzas políticas le será adversa a Santos y favorable a Uribe.

Pero el gobierno en vez de aceptar con humildad que se ha equivocado y que la democracia emitirá un implacable veredicto en las elecciones venideras, insiste en su incorrecta estrategia de acriminar a Álvaro Uribe para evadir la discusión pública de los grandes asuntos nacionales. El último episodio, relacionado con Santoyo, en el que el propio general Naranjo tuvo que salir a decir que Santos estaba mintiendo, es prueba irrefutable y suficiente de que el presidente Santos prefiere inventar historias antes de enfrentar el debate político de fondo en relación con el fallo sobre el mar territorial que nos fue usurpado.

Ya que el presidente ha depositado su destino en manos de sus guardianes, no sobraría que les advierta que entre más tiempo inviertan tratando de acabar al uribismo, más estruendosa e irreparable será la caída de un gobierno que ha perdido un elemento fundamental para el ejercicio del poder: la confianza de los ciudadanos.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El silencio de los inocentes


En La Paradoja del ministro de la Defensa (http://www.semana.com/opinion/paradoja-del-ministro-defensa/189387-3.aspx) el contratista gubernamental León Valencia devela su frustración porque las encuestas muestren un descenso de 20 puntos, en tan solo dos meses, en la confianza y credibilidad ciudadana en los diálogos de paz. Pero no le atribuye ese resultado al comportamiento criminal y mentiroso de las Farc, como correspondería, sino que resuelve “trapear la casa con el ministro Pinzón”.

Ya las Farc se habían quejado de que su dolce vita Habanera solo se ha visto incomodada por las declaraciones del ministro de la Defensa. A Valencia, energúmeno porque el anunciado fracaso empiece a dar tempranas muestras, se le antoja que Pinzón hace mal en condenar actos terroristas, en denunciar el secuestro continuado o que le afecte aunque sea un poco el que las Farc asesinen menores de edad en la noche de las brujas.

Si alguien todavía duda del tapen-tapen, que vea no más el descaro con que abiertamente lo cohonesta Valencia en su columna asesora de opinión. Más grave aún que lo califique como una errada estrategia de comunicaciones olvidando que la tarea del ministro, que le resulta incómoda, es un deber constitucional superior del Estado, no el juego mediático que tanto interesa a los áulicos asesores de Palacio y los medios favorecidos con la mermelada.

Para Valencia, el enemigo no son las Farc sino el uribismo. Pero es tan enceguecedora su obsesión que no se da cuenta que en lugar de afectar a Alvaro Uribe, con su columna hace quedar muy mal al Gobierno que quiere asesorar para que el circo le salga bien.

Al denunciar, según el decir de un alto funcionario del Gobierno, que la reciente labor de Juan Carlos Pinzón solo pretende “calmar al uribismo”, Valencia confirma que la agenda del gobierno la sigue poniendo el ex presidente Uribe; segundo, revelaría que las denuncias del uribismo contra el maltrecho proceso son tan relevantes que solo por ellas cumple con su deber el ministro de defensa. Entonces, si no fuera por dichos señalamientos ¿el ministro Pinzón no haría su trabajo? No solo me parece ofensivo con Pinzón sino que sinceramente lo dudo. Tercero, demostraría que el orden público no interesa al Gobierno nacional por la vida de los ciudadanos que juró defender sino por su incidencia en los diálogos de La Habana. Con razón decimos que a nuestras Fuerzas Militares las desmoraliza este proceso de paz y que este Gobierno trabaja en función de las encuestas.

Sin proponérselo y seguramente queriendo hacer lo contrario, deja muy mal parado al Gobierno nacional queriendo hacer eco de las molestias del Secretariado con el ministro Pinzón.

Pero además, en desafortunada frase final le endilga conveniencias al ex presidente Uribe. Me atrevo a suponer que como a millones de colombianos, al ex presidente Uribe lo que le conviene es la paz. Sin embargo, según Valencia y el alto funcionario gubernamental que dice le ha servido de fuente, lo que parece convenirle a las Farc y al Gobierno es el silencio de los inocentes.